por Jérôme Duval
Traducción desde el francés por Griselda Piñero y publicado en el periódico Diagonal, el 9 de diciembre de 2015.
Traducción desde el francés por Griselda Piñero y publicado en el periódico Diagonal, el 9 de diciembre de 2015.
Parece que no importara que la política del FMI
que se disemina por el mundo provoque caos social como en Grecia o en
cualquier otro país, puesto que el objetivo es siempre el mismo:
reforzar el capital privado a expensas de los bienes y servicios
sociales. Y el FMI, cuya sede está en Washington, sigue en Ucrania a
pesar de ser una institución tan despreciada por su fuerte implicación
en la ola de las desastrosas privatizaciones en Europa del Este,
durante la transición postcomunista a comienzos de los 90. Desde el
inicio de la crisis, en noviembre de 2008, Ucrania figura entre los
primeros países europeos que cayó en la ratonera del FMI, después de
Islandia, Georgia y Hungría.
Debido a un poderoso movimiento insurreccional que llevó a la
destitución del presidente ucraniano Víktor Yanukóvich, el nuevo
Gobierno transitorio, establecido el 27 de febrero de 2014, ofreció al
FMI la oportunidad de administrar una severa cura de austeridad al pueblo ucraniano.
Sin siquiera esperar a las elecciones, se desarrollaron unas opacas
negociaciones con ese Gobierno no elegido, que desembocaron en la
adopción de políticas ultraliberales a cambio de un préstamo del FMI.
Para el actual primer ministro Arseni Iatseniuk, no existiría ninguna
alternativa a las órdenes del FMI. Ya en octubre de 2008, cuando era
presidente del Parlamento, Iatseniuk declaraba respecto al programa del
FMI: “No tenemos otra elección. No es una cuestión política, es una cuestión vital para la actividad del país”.
Cinco años y medio más tarde, en marzo de 2014, Arseni Iatseniuk,
convertido en primer ministro del Gobierno transitorio, afirmó con
respecto a un inminente programa de austeridad del FMI: “El Gobierno
aceptará todas las condiciones fijadas por el FMI, porque no tenemos
otra elección”.
Con el nuevo Gobierno del oligarca y multimillonario Petro
Poroshenko, investido presidente de Ucrania en junio de 2014 con la
promesa de poner fin a la guerra en tres meses, pocos cambios se pueden
esperar, ya que mantiene a Arseni Iatseniuk en las funciones de primer
ministro. Ucrania continúa su ruta dentro del monorraíl liberal de las políticas de austeridad dictadas por el FMI.
A los ojos del poder establecido y cualquiera que sea el precio a
pagar, no hay ninguna otra opción válida. Reinando, por lo tanto, el
famoso dogma de Margaret Thatcher, “There is no alternative”.
Sin embargo, todos los indicadores económicos del país, que está bajo el yugo de la institución acreedora, se vuelven rojos. La deuda
pública del Estado aumentó más de dos veces en menos de dos años, y
pasó de 480.000 de grivnas (UAH) el 31 de diciembre de 2013 a 1.185
millones el 30 de abril de 2015. El producto interior bruto (PIB) sufrió una caída del 6,8% en 2014 (pasó de 180.000 millones de dólares en 2013 a 130.000 millones en 2014).
En 2015, el PIB por habitante alcanzó al de Sudán, cerca de 2.100
dólares. El país vio cómo sus reservas en divisas se hundieron a menos
de la mitad (-63%) en 2014 –estaban bajo el umbral de 10.000 millones de
dólares por primera vez en diez años– con el fin de mantener la moneda
nacional, la grivna, que tuvo una fuerte caída con respecto al dólar, y
financiar así ocho meses de campaña contra los rebeldes prorrusos en el
este del país –conflicto que ya produjo más de 8.000 muertos en 18 meses–.
Reestructuración de la deuda y sumisión
Después de cinco meses de negociaciones, los principales acreedores
privados de Ucrania, reunidos en un comité liderado por el fondo de
inversiones Franklin Templeton, obtuvieron un acuerdo con Kiev para reestructurar la deuda.
El acuerdo conseguido a fines de agosto de 2015 prevé una disminución
del 20% de la deuda pública en manos del sector privado (que alcanza los
18.000 millones de dólares), o sea cerca de 3.600 millones de dólares, y
un alargamiento de cuatro años del plazo de reembolso de 11.500
millones de dólares.
Franklin Templeton, que posee cerca de 6.500 millones de dólares en
títulos (un tercio de las euro-obligaciones ucranianas), firmó un
contrato con el fondo de inversiones Blackstone que aconsejará a ese
grupo de acreedores privados durante esas negociaciones.
Blackstone, responsable en España de especulaciones inmobiliarias y de expulsiones de viviendas por falta de pago, también es bien conocido en Grecia, ya que aconsejaba a acreedores privados en 2012.
Este fondo de inversiones difunde sus consejos a los mismos
acreedores privados frente a otros países deudores como Ucrania. Por
otro lado, Ucrania, como Grecia hace unos años, está representada por el
banco Lazard durante esas negociaciones de la deuda. En otras palabras,
Ucrania se encuentra arrinconada entre los mismos actores ávidos de beneficios que hundieron a Grecia en una crisis sin precedentes: por un lado, Lazard que aconsejó –indudablemente muy mal– a Grecia y por el otro, el fondo de inversión Blackstone, que representó tan bien a los acreedores en Grecia. ¿Con los mismos, comenzamos de nuevo?
El secretario del Tesoro estadounidense, Jack Lew, dio la bienvenida
al acuerdo que “ayudará a mejorar las finanzas públicas ucranianas y
proveer a las autoridades de un margen de maniobra para ejecutar su
ambicioso programa de reformas (…) apoyado de todo corazón por Estados
Unidos”. No se puede ser más claro en cuanto a la voluntad del FMI y de su accionista mayoritario, Estados Unidos: el alivio de la deuda, ridículo con respecto a los futuros
nuevos préstamos, sólo permite proseguir los reembolsos con intereses y
la aplicación de medidas capitalistas. Si a los oligarcas les va bien,
por el contrario, el pueblo ucraniano no ha conseguido salir de la
crisis.
La deuda con Rusia
Por otra parte, Rusia, que rechazó participar en la reestructuración de la deuda privada liderada por Franklin Templeton, exige el pago de 3.000 millones de dólares
–que constituye el primer tramo desembolsado en 2013, de un acuerdo de
préstamos de 15.000 millones de dólares concedido por Putin al
expresidente Yanukóvich) que vencen el 20 de diciembre de 2015. Pero
Rusia, que no tiene derecho a veto en el FMI –solamente tiene el 2,39%
de derechos de voto en el FMI– no lo tendrá fácil para que se la escuche
por sobre esas euro–obligaciones sometidas a la ley británica.
El FMI desea urgentemente modificar sus propias reglas con el fin de
poder proseguir con su plan de ayuda a Ucrania aunque ésta no reembolse
su deuda con Moscú. En efecto, según sus propios estatutos, la
institución no está autorizada a prestar a un país miembro que se
encuentre en cesación de pagos de su deuda (default). El FMI controlado
desde su creación por Estados Unidos, exige una liberalización desmesurada de Ucrania, incluso si tal cosa se parezca más a un descenso a los infiernos.

Fuente: https://www.diagonalperiodico.net/28622-ucrania-bajo-la-injerencia-del-fmi-se-hunde-la-recesion.html
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